SIMPLICITY 6159
¡OUCH!
Por Mónica Mayer
La vi y me dolió.
La pieza que realizó Irma Sofía Poeter en el suelo húmedo del frondoso Jardín de las Esculturas en Jalapa, Veracruz, la sentí en mi propia piel.
La artista escarbó la tierra y creó varias formas. Después les colocó una cinta de acero alrededor del perímetro, a ras de tierra. De entrada, me recordaron a los moldes con los que mi mamá, mis hermanos y yo hacíamos galletas navideñas cuando era niña. Las formas de esta incisión que penetra el pasto verde dejando al descubierto el color café profundo de la tierra, son las del patrón para un abrigo, el Simplicity 6159, Abrigo A, a doble escala.
¡Qué chistoso! pensé, la Poeter está desvistiendo la tierra con un abrigo. Destapa con algo que se supone que tapa. Utiliza lo que debiera servir de protección para resaltar lo vulnerable. Es una obra tan paradójica como la relación del arte y la naturaleza, que en este jardín generalmente mantienen un diálogo respetuoso, pero en esta obra se convierte en un enfrentamiento directo.
La pieza también me recordó la ropa de papel con la que vestía de chica a mis muñecas de cartón. Pero cuando vi el gancho colgado de un árbol que también es parte de esta instalación, nuevamente me paré en seco. Me quedé pensando que a ese gancho lo habían dejado colgado, porque a menos que pase algo extraordinario, el abrigo ya no se va a levantar. Ese abrigo que debió ser, ya jamás será. Sin embargo podríamos pensar que se trata de la promesa de una tierra que nos abrigue, cosa que dudo después de todo lo que le hemos hecho. Por alguna razón me recordó al cuadro que pintó Frida Kahlo en 1933, Mi vestido cuelga aquí, en el que la ropa de la artista está colgada en medio de Manhattan, resaltando su ausencia. La figura de Ana Mendietta marcada en la tierra, también me viene a la mente.
Aunque mis primeras reacciones ante esta obra me remiten a la infancia, no creo estar ante una obra inocente. En la infancia nos imponen los patrones que generalmente nos acompañarán toda la vida, a veces como guías para navegar la realidad, pero otras como cicatrices tan profundas y delineadas como las que marca esta obra.
No quiero encasillar mi apreciación de esta instalación/intervención en el pasado. Lo malo es que si dejo que me remita a mi condición de adulto, bien puede ser aterradora. La figura de una mujer (o su abrigo) desmembrada, sus partes regadas por el piso, a medio enterrar, me hace pensar tanto a la Coyolxauhqui como en las mujeres que han sido asesinadas en Ciudad Juárez, cuyos cuerpos semi-desnudos, mutilados, han sido encontrados apenas abrigados por la arena del desierto.
Con el tiempo, el acero duro de esta obra empezará a oxidarse, abandonando su tono industrial para integrarse un poco más a la tierra que rodea. Supongo que poco a poco se irá integrando al paisaje y se suavizará un poco. El tiempo también la irá nutriendo con todas ideas y sensaciones que despierta en quienes la observan, porque me queda claro que, igual que cualquier abrigo, esta obra es polisémica y que se amolda perfectamente bien al cuerpo de quien se lo pone.


