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Francisca
Francisca cruzó a los Estados Unidos a los veinte años. Vive en compañía de su madre de noventa y cinco años y su hijo en su pueblo de Hidalgo Yalalag, ubicado sobre las montañas de la Sierra Norte. Su madre no quería que se fuera al otro lado, pues la ocupaba para que la ayudara en la casa y con sus hermanos menores. Su padre fue el que le dió el consentimiento, dijo que estaba bien que se fuera para que conociera. Él ya había tenido la oportunidad de estar allá.
Francisca estuvo trabajando en casas en Beverly Hills, California, se encargaba de la limpieza y de cocinar. Estuvo poco tiempo pues empezó a padecer fuertes dolores de cabeza debido a que, como ella dice, pasaba demasiado tiempo dentro de la casa. Sus patrones viajaban frecuentemente y ella se quedaba con muchas responsabilidades como, prender las alarmas en la noche, contestar el teléfono, ir de compras, etc., eso le causaba mucho estrés. Francisca estaba acostumbrada a vivir en contacto con la naturaleza. Desde muy pequeña acompañaba a su padre a trabajar la siembra, aunque en Yalalag no se acostumbra que la mujer trabaje el campo; le encantaba sentir el sol y el aire, ver las plantas crecer y encontrarse con los animales e insectos del campo. Al regresar a su tierra automáticamente desaparecieron los dolores de cabeza. Se casó y tuvo un hijo. A los siete meses se divorció de su esposo, porque él quería que ella trabajara mucho.
Hoy, Francisca tiene una milpa que trabaja con su hijo de catorce años. Dice, con una sonrisa, que a su hijo le encanta el campo como a ella, tanto que prefiere pasar el día ahí, que ir a la escuela, aunque ella le dice que la escuela es importante.
Septiembre 2009


