Eduardo
Eduardo partió del norte, California, hacia el sur, Oaxaca. La llevó el trabajo y la aventura. Ella es una artista textil y su verdadero nombre es otro. Decide cambiárselo estando en Oaxaca, siguiendo el relato que su madre le contó una infinidad de veces. La historia cuenta que antes de que ella naciera el doctor había afirmado que sería niño por las fuertes patadas y los poderosos latidos de su corazón. El nombre que le esperaba era el de Eduardo sin embargo al nacer se dieron cuenta de su género y le pusieron Irma Sofía. Durante su estancia en Oaxaca 2008-2010, estuvo trabajando bajo el nombre de Eduardo Poeter. Este pseudónimo es parte de una pieza en proceso en donde cuestiona no los aspectos de transgénero, sino las maneras como nombramos las cosas del mundo que nos rodea.
Su trabajo en Oaxaca la llevó a conocer todo el Estado con sus 8 regiones y 16 grupos étnicos. Ella entrevistó cerca de 40 migrantes que habían salido hacia los Estados Unidos y que habían regresado a Oaxaca. Sus historias las contó transformando los trajes típicos de su región. El traje típico de una región generalmente habla de la historia de la comunidad, en este caso, el traje típico hablaba de la historia del individuo. Trabajó con artesanos y artesanas para la elaboración de las piezas que sumaron diez, mismas que se presentaron en el Museo Textil de Oaxaca. Después de haber terminado su exposición se dio cuenta que la primer migrante de ese proyecto había sido ella. Su transformación había sido tan fuerte como cualquiera de las historias de las personas que ella había entrevistado, y decide hacer la onceava pieza que es esta.
En Oaxaca ella conoció la importancia de las plantas, la relación que cada ser humano tiene con la tierra, con sus raíces, con el conocimiento ancestral. También conoció la importancia del trabajo en comunidad atreves del concepto del tequio y de la guelaguetza, la belleza de trabajar con las manos, la importancia del trabajo artesanal. Aprendió a amar a la Madre Tierra, a respetarla, a luchar por ella. Se dio cuenta de la gran fuerza que se adquiere cuando se reúne una comunidad, a trabajar sin jerarquías por el bien común. Encontró que lo mas sencillo es lo mas bello y que la familia ya sea de sangre o escogida, es el pilar que nos sostiene y nos inspira. Su espíritu se exaltó y encontró un despertar espiritual que la llevo a cambiar su vida totalmente.
Ahora ella vive en Tecate, Baja California, en una casa que ella construyó de paja con adobe a un lado de una reserva ecológica a las faldas del Cuchumá. Este cerro es un lugar sagrado para los Kumiai, grupo étnico de la región. Tiene un huerto donde crece su alimento y tiene un temazcal que corre periódicamente. Es miembro de un grupo de artistas en Tecate que trabaja a favor de la comunidad y está en la constante búsqueda de las maneras ancestrales para sanar y tener una vida autogestora y plena.
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EDUARDO |
